Durante un breve período de tiempo (menos de cinco segundos, hace varios años) sentí que estaba en el lugar correcto, lo anterior se debía a que me encontraba en la clase de química acompañado de la satisfacción -que seguramente ustedes conocen- de aprender, aplicar y entender.
El tema hoy es recurrente con amigos de la universidad. Recibir clases de personas que estaban actualizadas, hace que inevitablemente percibas la extraña y amarga sensación de mediocridad.
Siempre pongo como ejemplo los cursos libres que impartía la Universidad Francisco Marroquín hace algunos años. El éxito de dichos cursos, para la persona que asistía, en gran parte se debía a que la persona encargada de impartirlo tenía éxito en lo que hacía en el mundo real, contaba con experiencia y lo disfrutaba, a simple vista ¡lo podías notar!
Cosa que no se puede decir de todos en la universidad y que deberíamos de poder hacer.
La universidad como servicio
No lo había evaluado así: como un servicio. Y debo decir que cambia varias ideas casi de forma inmediata.
Sucede que si pagas y recibes un servicio que no llena tus expectativas tienes el derecho a dejarlo y denunciarlo como sucedería si te quedas sin agua varios días en tu casa o la señal del cable es mala.
Luego viene el problema que he tenido últimamente con la autoridad y la idea de aceptar todo como es, respetar y no cuestionar la metodología de una organización debe ser conveniente si te encuentras del otro lado del escritorio, de éste lado tenemos prisa.
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